10 de abril de 2017

Firmas invitadas: John Locke










[DEL ABUSO DE LAS PALABRAS]
John Locke



  1. En todos los idiomas, existen ciertas palabras que, cuando se las examina, demuestran no significar ninguna idea clara y distinta, ni respecto a su origen ni a su uso apropiado. En su mayoría, las han introducido las distintas sectas filosóficas y religiosas. Sus autores, o promotores, bien por afectar algo original y fuera del alcance de las percepciones comunes, bien por fundamentar opiniones extrañas u ocultar alguna debilidad de sus hipótesis, rara vez se privan de acuñar palabras nuevas; pero tras examinarlas, puede llamárselas con justicia términos insignificantes. Como al inventarlas no se les asoció ninguna colección determinada de ideas o, como mucho, ideas que sometidas a examen demuestran ser inconsistentes, no es de extrañar que más tarde, en el uso vulgar que les dan sus partidarios, acaben siendo sonidos hueros, con poca o ninguna significación entre quienes creen que alcanza con pronunciarlos a menudo, como caracteres distintivos de su iglesia o escuela, sin preocuparse demasiado por examinar cuáles son las ideas precisas que significan. No haré acopio de ejemplos: las lecturas y conversación de cada cual los suministrarán en cantidad. Y si alguien quiere abastecerse más, los grandes acuñadores de estos términos, es decir los escolásticos y metafísicos (categoría que, creo, incluye a los filósofos diletantes, naturales y morales de los últimos tiempos) podrán contentarlo de sobra.
  2. Hay otros que llevan el abuso aún más lejos: como no se cuidan de no utilizar palabras que, de entrada, apenas se refieren a ninguna idea clara y distinta, usan de manera familiar, con imperdonable negligencia, palabras que en el lenguaje apropiado se asocian a ideas muy importantes, sin darles ningún significado distinto. Sabiduría, gloria, gracias, etcétera son palabras frecuentes en boca de las personas; pero si a muchos de quienes las usan se les preguntara qué significan con ellas se quedarían tiesos y no sabrían qué contestar: clara prueba de que, aunque han aprendido las palabras y las tienen siempre en los labios, no hay en sus mentes ninguna idea determinada que quieran comunicar con ellas a los demás.



(Locke, John, Del abuso de las palabras, trad. de Martín Schifino, Taurus, Madrid, 2014, págs. 93-94)




21 de febrero de 2017

5 de febrero de 2017

Firmas invitadas: Juan José Millás.

[ESCRIBIR]
Juan José Millás



     "13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas". Estas palabras, escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario. El autor está rodeado de bocas que exhalan un pánico que ni siquiera nombra. Él mismo debe de encontrarse al borde de la desesperación, pero no tiene tiempo ni papel para recrearse en la suerte. Ha de hacer, pues, una selección rigurosa de los materiales narrativos, y el resultado es esa obra maestra en la que, sin embargo, sólo cuenta aquello a lo que se puede asignar un número: la hora y la cantidad de hombres. En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura. Y de qué modo. Naturalmente, lo que no dice ocupa más de lo que dice, pero lo ausente ha de aportarlo el lector, que es tan responsable de lo que lee como el escritor de lo que escribe. Sería absurdo comenzar una novela afirmando de un frutero que es bípedo. El lector tiene la obligación de saber que los fruteros son bípedos y que están dotados de cuatro extremidades con cinco dedos en cada una de ellas. Sin estos sobreentendidos primordiales, la escritura resultaría imposible.

     Lo curioso es que un billete con cuatro líneas aparecido en el bolsillo de un cadáver responda de súbito a la vieja pregunta de para qué sirve la literatura. Sirve para contarlo. Todos aquellos que aspiran a escribir deberían recitar el texto del Kursk como una oración. Ser escritor, al menos cierto tipo de escritor, significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados. Y tú eres uno de esos bultos: aquel que, por encima o por debajo del miedo, está poseído por la necesidad de contarlo, aunque las posibilidades de que alguien lo lea sean muy escasas. Escribo a ciegas.


     [El país, Madrid, 3 de noviembre de 2000]





El submarino Kursk y su tripulación (13 de agosto de 2000).