12 de agosto de 2017

30 de junio de 2017

Firmas invitadas: Leila Guerriero

[POESÍA NO]
Leila Guerriero




Me preguntan, a veces: “¿Es necesario que un periodista lea poesía?”. Siempre digo que sí, expongo mis razones. Pero ahora me arrepiento. No. Leer poesía no es necesario. Para nadie. De hecho, leer poesía puede hacer que uno tenga una vida mucho peor de la que tendría si no la leyera. Conocen el poema de Kavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre [...] Otra no busques —no la hay [...] / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra”. ¿Qué es eso sino daño intencional, deliberado? Mi padre me lo leyó cuando ni él ni yo sabíamos quién era el tal Kavafis. Pero entendí el concepto. Y desde entonces no he dejado de vivir bajo el horrible influjo de esa lucidez espantosa: no hay escape, allí donde vayamos nos persigue todo lo que somos. Una vez traté: me fui lejos para arrancarme del cuerpo aquella cosa. Y no hubo alivio: no hubo otra ciudad más que la maldita ciudad interior por la que me arrastraba babeando como un feto sin cáscara. Leer poesía no es necesario. Si uno puede vivir sin preguntarse “¿todo esto para qué?”, mejor seguir así, confortablemente adormecido. El poeta chileno Matías Rivas acaba de publicar Tragedias oportunas. Los poemas del libro hablan de sexo, de amor, de hastío, de la tele, de los hijos. De sexo cansado, de amor cansado, del hastío de la tele y de los hijos. Son el registro de un ojo insomne, lúcido, impiadoso: “La orilla café de la taza no sale con agua caliente. / El borde tiene grabados mis labios, lo que te molesta. / No sé si será posible sacar la mancha con recriminaciones. / Lo cierto es que gotea bajo el colchón toda la noche. / Las frazadas y el cansancio tienen olor a sospecha”. Cuando me preguntan por qué leo poesía digo que sirve, por ejemplo, para aprender economía de recursos. Si yo fuera menos mentirosa diría que leo poesía para que me haga daño: para que me despierte.

(Guerriero, Leila, Poesía no, diario El País, Madrid, 27 de julio de 2016, última página)








10 de abril de 2017

Firmas invitadas: John Locke










[DEL ABUSO DE LAS PALABRAS]
John Locke



  1. En todos los idiomas, existen ciertas palabras que, cuando se las examina, demuestran no significar ninguna idea clara y distinta, ni respecto a su origen ni a su uso apropiado. En su mayoría, las han introducido las distintas sectas filosóficas y religiosas. Sus autores, o promotores, bien por afectar algo original y fuera del alcance de las percepciones comunes, bien por fundamentar opiniones extrañas u ocultar alguna debilidad de sus hipótesis, rara vez se privan de acuñar palabras nuevas; pero tras examinarlas, puede llamárselas con justicia términos insignificantes. Como al inventarlas no se les asoció ninguna colección determinada de ideas o, como mucho, ideas que sometidas a examen demuestran ser inconsistentes, no es de extrañar que más tarde, en el uso vulgar que les dan sus partidarios, acaben siendo sonidos hueros, con poca o ninguna significación entre quienes creen que alcanza con pronunciarlos a menudo, como caracteres distintivos de su iglesia o escuela, sin preocuparse demasiado por examinar cuáles son las ideas precisas que significan. No haré acopio de ejemplos: las lecturas y conversación de cada cual los suministrarán en cantidad. Y si alguien quiere abastecerse más, los grandes acuñadores de estos términos, es decir los escolásticos y metafísicos (categoría que, creo, incluye a los filósofos diletantes, naturales y morales de los últimos tiempos) podrán contentarlo de sobra.
  2. Hay otros que llevan el abuso aún más lejos: como no se cuidan de no utilizar palabras que, de entrada, apenas se refieren a ninguna idea clara y distinta, usan de manera familiar, con imperdonable negligencia, palabras que en el lenguaje apropiado se asocian a ideas muy importantes, sin darles ningún significado distinto. Sabiduría, gloria, gracias, etcétera son palabras frecuentes en boca de las personas; pero si a muchos de quienes las usan se les preguntara qué significan con ellas se quedarían tiesos y no sabrían qué contestar: clara prueba de que, aunque han aprendido las palabras y las tienen siempre en los labios, no hay en sus mentes ninguna idea determinada que quieran comunicar con ellas a los demás.



(Locke, John, Del abuso de las palabras, trad. de Martín Schifino, Taurus, Madrid, 2014, págs. 93-94)




21 de febrero de 2017