30 de diciembre de 2013

También los perdedores pueden ganar la partida.


FUTBOLÍN

Uno de los rasgos más operativos de la narrativa ancestral es la nítida separación entre el mal y bien, entre malos y buenos. Eso la hace muy asequible porque nos ahorra quebraderos de cabeza, disquisiciones o matices: todo está tan claro que, en ese tipo de ficciones, es muy fácil elegir el camino correcto. Y aunque la realidad es bastante más compleja, esta disociación tajante entre maldad y bondad no deja de tener su utilidad: nos puede servir para entrenarnos en el rechazo de la malicia o los abusos. Algo de todo ello subyace en Futbolín, esa deliciosa y magistral película del argentino Juan José Campanella, una historia que nace de su pasión por ese deporte que se llamaba fútbol y no por el espectáculo que ahora lleva su mismo nombre: “Me gusta la épica del balompié. Mucho. Pero justo por eso no me interesa el profesional, solo el jugado por amigos en un terreno baldío, sin césped, el fútbol de aficionados”. Ese fútbol de aficionados donde reina la amistad y los buenos sentimientos, donde no hay nada de especulación o de soberbia, nada de zancadillas o de árbitros comprados, nada de especulación urbanística o estadios faraónicos.
Recordemos que la Comisión Europea ha abierto una investigación por las ayudas públicas (presuntamente ilegales) concedidas a siete clubes españoles (Barça, Madrid, Athletic de Bilbao, Osasuna, Valencia, Elche y Hércules). También se investigará la permuta viscosa de terrenos para construir nuevos estadios, los impagos a Hacienda y a la Seguridad Social y los avales oficiales a operaciones de préstamos ventajosos que nunca se pagaron. No está mal para empezar a desinflar esa otra burbuja tóxica (la del fútbol español) que, vinculada en bastantes ocasiones con la especulación urbanística, ha inundado las cadenas televisivas de partidos de fútbol y más partidos de fútbol noche tras noche, madrugada tras madrugada. Eso sin contar que el IVA de los espectáculos futbolísticos en España (el 10%) es muy inferior al del teatro y el cine (el 21%) o que la fundación de Messi (procesado por fraude a Hacienda) recibió donaciones procedentes de algún experto en blanquear dinero ilícito.
Futbolín sobrevuela todo ese mundo tan turbio de los espectáculos de fútbol y sale muy airosa al sugerirnos que también los perdedores pueden ganar la partida: “no siempre gana el que mete más goles”, ha declarado Campanella. Ojalá lleve razón. Y ojalá tengan ustedes una feliz Navidad.

19 de diciembre de 2013

Que nadie decida por nadie.


QUE NINGÚN HOMBRE
DECIDA POR TI
José Carlos Rosales
[Granada Hoy (29 de enero de 2012)]

     Hay pintadas que hacen pensar. O, al menos a mí, me dan motivos de reflexión, no sólo por lo que dicen sino también por el modo en el que son aceptadas: no todas reciben el mismo trato de las administraciones (privadas o públicas) responsables de mantener limpios los muros y paredes de Granada. Hay pintadas que a penas si duran una  tarde mientras que otras sobreviven años y años sin que sus sugerencias hayan surtido efecto. Hay pintadas solas y olvidadas al lado de otras que han generado una larga cadena de réplicas y contrarréplicas. Hay pintadas estúpidas (“Que no te engañen, eres andaluz”) y hay pintadas inteligentes o poéticas (“¿Con qué sueñas?”).
            Hay gente que sólo lee novelas o periódicos o fotocopias o libros robados en Internet. Yo creo que lo más saludable es ser culturalmente omnívoro: leer de todo, no cerrar los ojos ante ningún texto. Y la calle es uno de esos lugares donde se puede leer de todo: carteles de cine, portadas de revistas, anuncios publicitarios. Y pintadas. Y hay pintadas que merecen ser leídas varias veces, cada día, siempre que se pueda. Así que planifico mis itinerarios para pasar por una determinada fachada, aquella donde leo una pintada que me alegra el día, me hace pensar o me indica algo que no debiera olvidarse.
            En la calle Cárcel Baja, junto al Monte de Piedad de Granada, hay una pintada espléndida, una que (afortunadamente) nadie borra desde hace muchos meses: “Que ningún hombre decida por ti”. Esas palabras, acompañadas del icono que indica género femenino, son un buen resumen, limpio y escueto, del pensamiento feminista de cualquier tendencia o época. A mí me gusta mucho esa pintada porque, entre otras razones, a mí tampoco me gusta que ningún hombre decida por mí.  Por eso paso por esa calle con tanta frecuencia, para leerla una vez más, para sumarme a una idea que sobrevive allí, soberana y sin réplicas, frente a la Catedral Católica de Granada, lugar donde unos pocos hombres aspiran a limitar la vida y la conciencia  de mujeres y hombres, de hombres y mujeres. Nadie puede saber la intención de la mano que allí la escribió. Pero esa pintada no significaría lo mismo en otro sitio; en otra calle tal vez debiera haberse escrito de otra forma: “Que ningún hombre o mujer decida por ti” (pues las mujeres también pueden ser opresivas), o “Que ninguna persona decida por ti” (para ser políticamente correctos), o “Que nadie decida por nosotros” (pues no sólo nos agobia el sexismo). Pero en la calle Cárcel Baja, en la fachada de una entidad bancaria, y junto a un templo católico, lugares inundados de hombres que no atienden más pulsiones que las suyas, esa pintada está bien. Muy bien. Por eso paso por allí cada día. 

     [Imagen: José Carlos Rosales]