31 de enero de 2014

Cada vez tenemos menos espacio.


PEATÓN
EN UN PASO DE CEBRA
José Carlos Rosales

[Granada Hoy (21 de diciembre de 2008)]

     Los pasos de cebra existen porque existen los autos veloces que abusan de su poder desmesurado y porque los peatones queremos cruzar la calle, cambiar de rumbo, saludar al otro. Si los pasos de cebra no existieran, la vida urbana sería más áspera y las ciudades se parecerían a una selva mal planificada. Los pasos de cebra regulan el conflicto entre conductores y peatones: unos y otros querrían tener la calle para ellos solos, sueñan con la extinción definitiva del contrario. De ahí que las zonas urbanas se fragmenten en zonas peatonales (sin coches) y en vías de alta velocidad donde los peatones tienen vedada su presencia. Seamos sinceros: cuando somos peatones los coches nos incomodan por su torpeza mecánica, su vanidad vacía, sus volúmenes exagerados; pero cuando vamos en coche nos molesta la lentitud exasperante de los peatones, su costumbre obsoleta de pararse a mirar boberías, como también nos incomoda su libertad de movimientos. 
     Sin los pasos de cebra estaríamos en guerra permanente y esa guerra acabaría con la derrota definitiva de los peatones. Por ejemplo, en el último año el 60% de los peatones españoles que han muerto en accidente de tráfico han muerto en un paso de cebra. No se conoce, por el contrario, la muerte de ningún automovilista arrollado por un peatón. Así son las cosas y por eso no es extraño que, según señala T. P. Mulligan, conductores y peatones no valoren del mismo modo un paso de cebra. Mientras la Escuela Europea de Conductores “concibe el paso de cebra como una porción de carretera por la que cruzan los peatones”, la Escuela Internacional de Peatones “considera el paso cebra como una porción de acera por donde cruzan los coches.” Ambas posiciones son irreconciliables, añade Mulligan. Pero hay más diferencias: la Escuela de los Conductores sostiene que un paso de cebra sólo es esa zona pintada del asfalto mientras que la de los Peatones defiende que se considere como paso de cebra todo lugar por el que estén cruzando peatones. 
     Supongo que los peatones acabaremos trasquilados: cada vez tenemos menos espacio y muy pronto estaremos recluidos en reservas peatonales de las que no saldremos nunca. Además, la Dirección General de Tráfico Mundial ha decidido prohibir que los peatones nos paremos a charlar, merendar o hacer el amor en los pasos de cebra; los peatones, además, “pasarán rapidito y nunca dedicarán gestos despreciativos a los conductores que les ceden el paso”. 
     Hay, sin embargo, un dato esperanzador: la venta de coches está descendiendo. Tal vez los peatones volvamos a vivir una etapa de gloria y plenitud.

     [Imagen:: José Carlos Rosales (Newark, Delaware, febrero, 2012)]

28 de enero de 2014

Aquí lo único que se mueve rápido es el dinero.



ATRASO
José Carlos Rosales


     Casi treinta días ha tardado en llegar a mi casa la felicitación de Navidad de un amigo que me escribe con frecuencia. Hablo de una felicitación postal, no de un correo electrónico: todavía hay gente (¡bendita gente!) que escribe cartas, que usa el correo postal, que baja a la calle y va al el buzón de su barrio y deposita un sobre y espera la respuesta que muy pocos se acuerdan de enviarle. Mi amigo llevará treinta días enfadado porque aún no le he dicho ni media palabra, ni por teléfono, ni por sms, ni tampoco por carta. Me envió su postal el 26 de diciembre del 2013 y a mi casa llegó el viernes pasado: veintinueve días de mesa en mesa, de valija en valija, de un buzón de Madrid a mi casa de Granada, veintinueve días arrinconada en alguna caja de una oficina en la que, probablemente, haya cada vez menos empleados para clasificar y repartir, menos presupuesto y más desazón o desidia, más jefes insensibles o apáticos, más directores generales parapetados tras sus libros de contabilidad, presidentes que devolverán favores y obedecerán la voz que mece su cuna, y que asienten, no saben, no contestan.
     Mientras la carta de mi amigo llegó a mi casa con esa lentitud medieval que tantos añoran en España, la prensa del viernes traía noticias de una rueda de prensa sin preguntas, otra más, ahora fue la del presidente del Barça (Sandro Rossell), esa donde hizo pública su dimisión irrevocable ante no sé qué querella por una contratación supuestamente simulada, más de 57 millones de euros, dinero fácil y alegre, en fin, esperemos que algún día explote la burbuja del fútbol, ese recio espectáculo interminable (mañana, noche y madrugada) cuyo impuesto del iva (a las entradas) es más bajo que el del cine o el teatro o los libros, cosas de este país, ya se sabe, España es diferente. Mientras subía a mi casa con la carta rezagada y el periódico bajo el brazo, un vecino me confiaba su pesar: su cita para una delicada prueba médica había sido fijada para el 29 de mayo, más de cuatro meses de espera; “aquí lo único que se mueve rápido es el dinero”, me decía cabizbajo. No supe qué decirle y me quedé en silencio: recordé las recientes palabras de Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior (“Santa Teresa […] estará siendo una importante intercesora para España en estos tiempos […] recios”), y pensé algunas cosas que el decoro no me permite escribir ahora aquí. Pero ustedes pueden imaginárselas.

     [Imagen:: José Carlos Rosales (Buzón, Asturias, agosto, 2006)]

20 de enero de 2014

No se puede tragar tanta basura.

BASURA INDIGERIBLE
José Carlos Rosales

     Ocurrió en marzo de 2012: varado en medio de la arena invernal, bajo un cielo cerrado, un enorme cachalote apareció muerto en una playa de Castell de Ferro. Enseguida acudieron los investigadores de la Estación de Doñana y examinaron el cadáver de este antiguo cetáceo, una auténtica reliquia biológica: 10 metros de largo y 4.500 kilos de peso abandonados a su suerte en una playa de Granada. Los científicos realizaron la autopsia y quedaron estupefactos al encontrar en uno de sus estómagos 17,9 kilos de residuos, unos despojos que podrían ser el retrato de una época o de un país: latas de refrescos, un bote de spray, dos mangueras, 9 metros de cuerda gruesa y 30 metros cuadrados de plástico procedente de las toneladas del polietileno de larga duración que cada día se usa en los invernaderos de las costas de Granada o Almería. Toda esa basura habría reventado uno de los estómagos del gigantesco cetáceo provocando que sus contenidos gástricos se dispersaran por la cavidad abdominal; todo ello, unido a la desnutrición sobrevenida y a una evidente desorientación inevitable, originaron la muerte del poderoso cachalote.
     El biólogo marino Renaud de Stephanis, investigador vinculado a la Estación de Doñana, estuvo hace un año en la playa de Castell de Ferro examinando el cadáver del cetáceo. Y el análisis y las conclusiones de su estudio acaban de publicarse en Marine Pollution Bulletin (vol. 66). Así que el nombre de Granada volverá a salir de nuestras fronteras, cruzará los espacios y nos hará otra vez famosos, un poco más famosos durante unos días por nuestra tendencia ancestral al descuido o la desidia, al menosprecio del paisaje, a la explotación sin freno de una naturaleza (fauna y flora) de la que dentro de muy poco apenas si quedarán testimonios o huellas.
     Pero el cadáver de ese cachalote agredido por la inquina de un mundo que sólo piensa en el lucro sin freno, es también una metáfora. Dentro de algún tiempo la conciencia ciudadana española aparecerá agonizando en alguna playa recóndita. Y cuando alguien le haga la autopsia, encontrará correos electrónicos de los amiguitos del alma, expedientes de los Eres de aquí o de allá, sobres para ministros y diputados, grabaciones secretas de sobremesas y diálogos, chanchullos y mamoneos, hoy por ti mañana por mí, tú me apruebas esta chorrada y yo te haré un ingreso en Suiza. Nada ni nadie podría (o podrá) digerir tanta basura.



[Fotos procedentes del diario El País]

19 de enero de 2014

Firmas invitadas: Justo Navarro



La verdad literaria
Justo Navarro



     Una vez, en un periódico, cité el que quizá sea el cuento de ciencia ficción más breve, de Anthony Burgess: «Aquel día el sol salió por el oeste». Pero me equivoqué y no lo cite así, sino mal: «Aquel día el sol salió por el este». Tal como yo lo escribí, el cuento decía la verdad: todos los días sale el sol por el este. Pero, al decir la verdad, se convertía en insignificante, en un sinsentido como cuento.
    Estas son las cosas de la literatura: para que el relato de Burgess sea un relato verdadero, tiene que decir algo falso, o falso, por lo menos, en nuestro mundo posible. Tiene que crear otro mundo, otra posibilidad de mundo...
      
        [Revista de Libros / Leer más]


15 de enero de 2014

En la esquina habrá un buzo dedicado a otra cosa.


(Inspection d'un cheval, Max Ernst, 1923‐24 / Óleo sobre lienzo.  65 x 98 cm.
Colección particular / ©VEGAP, Madrid, 2013)
 Procedencia: Exposición El surrealismo y el sueño / Museo Thhyssen-Bornemisza, Madrid

14 de enero de 2014

No soy el único.

LIMPIEZA GENERAL
José Carlos Rosales
[Granada Hoy (12 de enero de 2014)]

Imaginemos (por un momento) que, en contra de lo que viene siendo habitual entre nosotros en casos semejantes, los tribunales de justicia culminaran en un plazo prudencial (por ejemplo, en menos de un año) todas las causas abiertas alrededor del ex jugador de balonmano Iñaki Urdangarín. Imaginemos (por un momento) que nuestro eximio atleta fuera condenado a relevantes penas de cárcel y que ingresara en prisión sin demora. Imaginemos (por un momento) que, como resultado del descrédito colateral que tendría que soportar la Corona española, sobreviniera una reforma (o refundación) constitucional que modificara la naturaleza del Estado español. Imaginemos finalmente (por un momento) que se instaurara entre nosotros una especie de III República, federal o confederal, qué más da eso ahora. ¿Quedarían entonces desterradas todas las deficiencias institucionales que nos han traído hasta aquí? ¿Serían los partidos políticos más transparentes y democráticos? ¿Sus libros de contabilidad estarían eficazmente controlados por instancias cívicas independientes? ¿Dejarían los ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autonómicos de conceder a dedo generosas prebendas económicas a fundaciones, clubes deportivos y asociaciones juveniles o culturales? ¿Los perceptores de dinero público estarían obligados a presentar memorias económicas anuales donde quedara registrado el destino de las cantidades graciosamente recibidas? ¿Serían cesados sin dilación todos aquellos cargos públicos que movieran el dinero de todos con finalidades bastardas inconfesables? ¿Estarían obligados los gestores políticos y bancarios a devolver todo el dinero público malversado, defraudado o gastado en sandeces sin cuento? No sé, la imaginación es libre y yo no creo que ocurriera nada de eso. Más bien haríamos otro cesto distinto, pero con los mismos mimbres; entre otras causas, porque no hay otros. ¿O, acaso, cambiaríamos de la noche a la mañana nuestros arraigados hábitos feudales y serviles: tú me das yo, yo te doy, no se lo cuentes a nadie, tú has sido siempre uno de los nuestros?
  Hay gente que comienza la limpieza de la casa por el tejado y luego se olvida de los sótanos o de las cañerías. A mí me gusta imaginarme una limpieza general de mi país, una que incluya costumbres y cloacas, los trasteros y la azotea, el armario de los abuelos y el cuarto de los niños. No sé, dirán que soy un soñador, pero no soy el único.

6 de enero de 2014

Este año, como el año pasado, tienen peso las cosas que decimos.


TIENEN PESO LAS COSAS
José Carlos Rosales

     Desde anoche estamos disfrutando del Roscón de Reyes, última ceremonia doméstica con la que cerraremos la Navidad del 2012: juguetes escondidos, niños en pijama corriendo por la casa y chocolate caliente con un trozo de ese manjar navideño, sabroso rosco con frutas escarchadas y secretos ocultos o enterrados (una perla, un muñequito, un haba seca…), sorpresas y secretos que nos traen ritos ancestrales, costumbres olvidadas. Porque, según nos dicen las viejas tradiciones, aquel que encontrara en su porción de bizcocho el haba seca tendría que pagar el roscón o recibir ligeros tirones de orejas, cariñosas collejas, una avalancha de suaves cocas en su cabeza gacha. Ese antiguo rito nos da testimonio del origen (uno entre tantos) de estas fiestas de finales de diciembre. Dedicadas a Saturno, los romanos las llamaban fiestas saturnales y con ellas mostraban su alegría por la estación que se iniciaba, la estación invernal, estación donde la luz del sol ganaría cada día seguridad y espacio, estación que se alejará de la oscuridad creciente del otoño y nos promete nuevos frutos, más luz. Saturno era el dios de las cosechas o de la agricultura; los festejos en su honor ocupaban los últimos días de diciembre y en una de aquellas jornadas se elegía al rey de la fiesta entregándole un haba, oculta muchas veces entre los manjares de la mesa. De ahí nuestra costumbre de esconder sorpresas en el Roscón de Reyes.
     Así son las fiestas más poderosas o ancestrales, un cruce de caminos, unión y suma, tradiciones romanas y creencias cristianas, comidas de todos los rincones del mundo y canciones cuyo origen apenas si sabemos. Y así son (o han sido) estas fiestas de Navidad, fiestas atávicas que existían antes de que las inventara el Vaticano o El Corte Inglés, fiestas para estar juntos, sentados junto al fuego, reunidos en medio de un bosque oscuro donde los días empezarán muy pronto a ser más largos, menos fríos. Así que recordemos en esta primera semana de enero lo que escribió Virgilio en honor del dios Jano, el dios de los umbrales, el dios con el que los romanos abrían el nuevo año (enero procede de januarius): “Ahora están abiertos los templos de los dioses / igual que sus oídos, así ningún deseo / que formulen las lenguas, quedará sin cumplirse. / Ahora tienen peso las cosas que decimos” (trad. de J. Antonio González Iglesias).
     (Feliz Año Nuevo a los lectores de buena voluntad.)