26 de febrero de 2014

Firmas invitadas: Claudio Magris

¿Tendremos que repetir "no pasarán"?
Claudio Magris

      El revisionismo histórico [...] se está convirtiendo, cada vez con más descaro, en una rehabilitación o incluso una celebración del fascismo y las peores cosas. En el clima político-cultural dominante, hay una negación agresiva de los valores de la democracia y la Resistencia, que tal vez nos obliga a regresar a lo que esperábamos y creíamos no estar ya obligados a ser, es decir, unos antifascistas intransigentes.
     Yo crecí, como muchos amigos míos, en una familia y una atmósfera de tradición tranquilamente democrática, que me inculcó que las opiniones firmes eran compatibles con la piedad por los vencidos y la comprensión -que no significa justificación- de las causas históricas, las responsabilidades generales y las pasiones que pueden llevar a error a los individuos y las comunidades -y a nosotros- y desembocar en decisiones desastrosas y acciones culpables. En esta concepción, el fascismo derrotado y acabado era un doloroso capítulo de la historia de Italia, un fenómeno que había sido justo y necesario combatir. Se comprendían los motivos que lo habían engendrado y los sentimientos que había suscitado, estaba marcado por sus aspectos más infames (de la violencia de las escuadras a las leyes raciales o la irresponsable entrada en la guerra); se valoraban con objetividad algunos resultados positivos y los fermentos contradictorios, a veces no tan innobles, que, sobre todo al principio, empujaron a algunos espíritus generosos a creer en él, aunque luego, muchas veces, acabaran convirtiéndose en opositores. Hacía y hace falta comprender cómo y por qué hombres como, por ejemplo, Pietro Iacchia, que cayó combatiendo contra los franquistas en España, creyeron al principio en el fascismo, y cómo y por qué hubo hombres rectos que creyeron en la República de Salò.
     El requisito previo de dicha comprensión era la condena inequívoca del fascismo como régimen democrático no liberal, como ideología chauvinista y, a veces, racista, y como movimiento totalitario. De mi padre, Duilio, mazziniano, antifascista del Partido de Acción y luego republicano, aprendí a no llamar jamás "fascista" al que expresa opiniones a las que me opongo o que incluso detesto. Recuerdo con enorme afecto a un primo mío queridísimo, muerto a los 18 años en las filas de Salò, y no se me pasa por la cabeza considerarme mejor que él, entre otras cosas porque mi edad no me dio la posibilidad de hacer la misma elección desastrosa que él; que es evidente que fue desastrosa, porque, si la causa por la que él murió hubiera vencido, el mundo se habría transformado en un Auschwitz.
     El fascismo, pues, era una historia que ya había superado la hoguera, precisamente porque el antifascismo era el fundamento indiscutible de la vida civil; nos parecía inútil y, a veces, fastidioso o fraudulento, profesarlo retóricamente o, peor aún, usarlo en la lucha política del momento, nueva y distinta. Incluso en mi región, en los confines orientales de Italia, donde la brutalidad fascista doblemente salvaje y estúpida había hurgado en las antiguas heridas entre italianos y eslavos y había desencadenado espirales sin fin de violencia y venganza, parecía posible, por fin, vivir en una tranquila normalidad democrática que no necesitaba enarbolar todo el tiempo la fe en la democracia y el valor de la convivencia armoniosa y el respeto recíproco. Sí, pensábamos que el antifascismo se había terminado porque ya no era necesario, en el sentido en el que lo anunciaba un gran poeta enemigo del fascismo y huido a París, Giacomo Noventa. 
     Pero todas esas cosas son posibles sólo sobre la base de una condena del fascismo tan definitiva que no sea necesario ratificarla; son posibles sólo si todo el mundo está de acuerdo, como dijo hace tiempo Gianfranco Fini, en que, en el 43, la parte que tenía razón era la Resistencia. A partir de ahí se puede entender y respetar a quien se encontró en el otro bando y dar por acabado para siempre el contencioso. La unidad de un país no es una papilla en la que se mezclen los extremos opuestos y se obtenga la media sino la elección de un sistema de valores en el que nos reconocemos. Un patriota como De Gaulle no construyó Francia a partir de una vía de enmedio entre la Resistencia y Vichy, sino sobre los Compagnons de la Libération; el himno patriótico francés, La Marsellesa, no es un revoltijo de todos los contendientes, sino la expresión de una opción precisa en un momento de lucha, una opción en la que el país reconoce su propia identidad.
     [...]
     [Diario El País, 30 de noviembre de 2002 / Leer más]

17 de febrero de 2014

15 de febrero de 2014

Firmas invitadas: Giorgio Agamben

¿Qué es lo contemporáneo?
Giorgio Agamben

     El poeta [...] es aquel que debe tener fija la mirada en los ojos de su siglo-bestia, unir con su sangre la espalda despedazada de su tiempo. [...] Ante todo el tiempo de la vida del individuo (recuerden que la palabra latina saeculum significa en sus orígenes el tiempo de la vida) y el tiempo histórico colectivo, [...] cuya espalda [...] está despedazada. El poeta, en cuanto contemporáneo, representa esta fractura, es lo que impide al tiempo formarse y, a la vez, la sangre que debe suturar la ruptura. 
     El poeta -el contemporáneo- debe tener fija la mirada en su tiempo. ¿Pero qué es lo que ve quien observa su tiempo, la sonrisa demente de su siglo? En este punto quisiera proponerles una segunda definición de la contemporaneidad: contemporáneo es aquel que tiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no la luz sino la oscuridad. Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente. ¿Pero qué significa “ver las tinieblas”, “percibir la oscuridad”? [...] Significa [...] una actividad y una habilidad particular, que, en nuestro caso, corresponden a neutralizar las luces que provienen de la época para descubrir sus tinieblas, su oscuridad especial, que, sin embargo, no se puede separar de esas luces. 
     Puede decirse contemporáneo sólo aquel que no se deja cegar por las luces del siglo y que logra distinguir en ellas la parte de la sombra, su íntima oscuridad. [...] El contemporáneo es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le corresponde y no deja de interpelarlo; algo que, más que otra luz, se dirige directa y especialmente a él. 

     [salónKritik (traducción de Verónica Nájera) / Leer más]


13 de febrero de 2014

Habría que protegerse mejor de expolios y de estafas.




EXPOLIO O ESTAFA
José Carlos Rosales

    
     El museo Römisch-Germanisches-Zentral de la ciudad alemana de Maguncia advirtió (en el año 2008) que un catálogo de subastas anunciaba un conjunto de 18 objetos de bronce (cascos y lanzas) procedentes de la península Ibérica; datados entre los siglos IV y II a. C., y de un incalculable valor arqueológico y patrimonial, los objetos de aquel anuncio levantaron las sospechas del museo alemán. Con la profesionalidad acostumbrada en aquellos que anteponen la ética pública al beneficio particular (ya sea político, cultural o económico), los responsables del museo de Maguncia denunciaron la subasta del lote sospechoso e investigaron el origen de las piezas. Las dudas iniciales se vieron confirmadas: las lanzas y los cascos procedían ilegalmente del yacimiento celtíbero de Arátikos, en Aranda del Moncayo (Zaragoza); eran el fruto de un expolio continuado de más de 20 años, la punta del iceberg de un conjunto de más cuatro mil piezas arqueológicas sustraídas por un perspicaz jubilado y su fiel detector de metales.
     La honesta actuación del museo de Maguncia no acabó aquí. La fiscalía de Munich retuvo el lote subastado, informó al gobierno de España y le recomendó que, como representante legal del pueblo español (su legítimo propietario), reclamara su inmediata devolución. En gobierno español nunca dijo nada. Y, según se ha informado en las páginas del diario El País, la situación volvió a repetirse en 2009, 2010 y 2012. Pero en España nadie se dio por aludido, ya lo sabemos, la pereza y el desinterés de los gobiernos españoles en el campo de la cultura suele ser muy notables. Qué le vamos a hacer. Quizás las competencias arqueológicas habían sido transferidas al gobierno de Aragón o tal vez el gobierno de Aragón perdía su tiempo buscando raíces identitarias. Quizás los políticos aragoneses estaban enredados en la redacción de un nuevo Estatuto de Autonomía (y no tenían tiempo para cascos y lanzas celtíberas) o tal vez en Madrid sólo se abren las cartas que están escritas en español. Quizás esas cartas que hablaban de lanzas y de cascos fueron desviadas al ministerio de Defensa o, quién sabe, tal vez se perdieran en los vericuetos administrativos de este viejo país ineficiente, como diría Jaime Gil de Biedma. No sé, pero me parece que alguna vez las instituciones españolas tendrían que protegerse (o protegernos) un poco mejor de expolios y saqueos,  de fraudes o de estafas.

7 de febrero de 2014

Firmas invitadas: Milena Rodríguez


Dos planetas poéticos:
Huidobro vrs. Neruda, y viceversa
Milena Rodríguez Gutiérrez


     [...] no podemos eludir una de las consecuencias y/o moralejas de la polémica [Huidobro/Neruda]. Consecuencia cardinal que, como sugeríamos al inicio, late debajo de ella. Y es que coloca a los poetas ante dos opciones, más que literarias, éticas, radicalmente distintas: el poeta de camarilla o de aparato frente al poeta que es ante todo él mismo, que elige “los valores poéticos y la libertad creadora por encima de la directiva de partido” (Goic, La poesía, 112), aun cuando esa libertad acabe conduciéndolo a la más extrema de las soledades (Huidobro fue un gran admirador de Góngora) o lo lleve a convertirse en un ciudadano del olvido, en “un fantasma de nieve, un sembrador de escarcha” (Huidobro, El ciudadano del olvido, Obra poética, 1021). ¿No tendrán los escritores, en ese sentido, que seguir eligiendo entre los dos planetas poéticos?

     [Anales de Literatura Chilena / Leer más]