4 de septiembre de 2014

Firmas invitadas: Rafael Sánchez Ferlosio

CATARSIS
Rafael Sánchez Ferlosio




     En [...] «Cabaret» salía [...] una escena sumamente feliz: en un merendero al aire libre de una ciudad alemana, como a principios de los años 30, de pronto un adolescente de pantalón corto y camisa remangada, guapo y rubio como un ángel, se levantaba de entre sus compañeros y con voz angélica entonaba una canción que decía algo así como «El mañana es nuestro»; todas las personas, de diferente edad y condición, que abarrotaban las mesas circunstantes se iban callando una tras otra y se volvían hacia el joven, primero sorprendidas y en seguida admiradas, para oírle la canción, a la que poco a poco, poniéndose a su vez en pie, unían sus voces, hasta que todo el merendero se convertía en un coro emocionado de «El mañana es nuestro». Representar de aquella forma el enorme poder de sugestión que consiguió el nazismo, hasta llevarse a la nación entera en pos de sí, me pareció un hallazgo afortunado y especialmente verosímil: el angélico adolescente no cantaba otra cosa que la purificación. El anhelo de purificación nace de un sentimiento de impureza mucho más amplio e indefinido que el que remite estrictamente a una culpa moral; un pueblo puede sentirse impuro por un estado de insatisfacción, de hastío o de rencor hacia sí mismo, o una difusa paranoia de malevolencia ajena; puede sentir como una culpa propia, o más bien una mancha de la que tiene que lavarse, hasta una humillación sufrida a manos de otros, como una vieja herida que se encona; entonces está indefenso y totalmente a merced de la seducción del ángel que le canta la purificación. Esta forma de encantamiento, arrobo y enajenación se me antoja semejante a la del diablo, salvo una diferencia relevante: el diablo se apodera de individuos, el ángel se apodera de colectividades; con todo, he recogido la palabra que se usa para aquél, designando el fenómeno «posesión angélica».
     La posesión angélica ya la había visto en el oficial justiciero de «La colonia penitenciaria» de Kafka, y «Cabaret» le dio un cuerpo más concreto; pero años más tarde encontré la misma palabra «posesión» referida también al nazismo en el psiquiatra Jung, en su artículo «Wotan», de 1936, o sea poco después de las fechas que fingía aquella cinta. [...] Jung concibe estos mitos como personificación de «poderes anímicos»: Wotan lo sería del furor teutonicus [...]. Diré que yo no pienso en cosa tan contradictoria y peregrina como un «inconsciente colectivo»; sólo una mentalidad mágica puede concebir un fluido o prana o miasma espiritual que comunique y contagie las almas entre sí; yo no puedo pensar más que en delirios o hipertrofias de un medio tan externo y tan sensible como lo que los hombres tienen en común, la más ubicua y más inalienablemente impersonal de las cosas visibles e invisibles: la palabra. Sólo ella es capaz de apoderarse de una colectividad y enajenarla en posesión angélica.
     [...] Nada denuncia más el grado de embrutecimiento, perversión y necedad que aquella frase que suele aparecer tras la victoria y nadie llega a oír como un sarcasmo: «Hoy se abre ante nosotros una nueva Era». Un sentimiento de inocencia originaria, de primer día, de amanecer, que da el alcance de miseria extrema que la catarsis consigue producir.

    ["Catarsis" está incluido en La hija de la guerra y la madre de la patria, de Rafael Sánchez Ferlosio (Barcelona, 2002) / Leer más]  


1 de septiembre de 2014

Un buzo siempre ayudará a otro buzo.

Imagen ajena [John Wayne y Ray Milland enfrentados
a un calamar gigante  en Piratas del mar Caribe,
 película dirigida por Cecil B. DeMille en 1942]