14 de octubre de 2014

Firmas invitadas: Reinaldo Arenas

[La literatura]
Reinaldo Arenas


La
litera
tura
es la consecuencia de una hipocresía legendaria. Si el hombre tuviese el coraje de decir la verdad en el instante en que la siente y frente al que se la inspira o provoca (al hablar, por ejemplo; al mirar, por ejemplo; al humillarse, por ejemplo) pues es en ese preciso instante que siente cuando padece o se inspira; si tuviese el coraje de expresar la belleza o el terror cotidianos en una conversación; si tuviese el coraje de decir lo que es, lo que siente, lo que odia, lo que desea, sin tener que escudarse en un acertijo de palabras guardadas para más tarde; si tuviese la valentía de expresar sus desgracias como expresa la necesidad de tomarse un refresco, no hubiese tenido que refugiarse, ampararse, justificarse, tras la confesión secreta, desgarradora y falsa que es siempre un libro. Se ha perdido -¿existió alguna vez?- la sinceridad de decir de voz a voz. Nos avergüenza expresar el recogimiento (o la tentación) que nos producen las cosas desconocidas. Por cobardía (en los sitios donde la ley auspicia la imbecilidad), y por temor al ridículo (en los sitios donde la tradición impone la estupidez) contemporizamos con lo intrascendente, y luego, secretamente, atemorizados, avergonzados, tratamos de remedar la traición: Escribimos el libro. Así la expresión (la manifestación) de la belleza ha quedado rezagada a las hojas y a las letras, a las horas muertas, a los instantes de tregua. El sentimiento de piedad, de dicha, de espanto, de anhelo, de rebeldía, se circunscriben a la redacción de un texto que puede publicarse o censurarse, que puede quemarse o venderse, catalogarse, clasificarse o postergarse. Y el hombre verdadero (aquel que aún posee remordimientos) se ve obligado a garrapatear miles de papeles para dejar testimonio de que no fue una sombra más que asfixió con suspiros, parloteos o sensaciones elementales su antigua inquietud y su sensibilidad. ¿Toda obra de arte es entonces la obra de un traidor renegado? ¿Y todo hombre que no deja el testimonio de una obra de arte es un traidor nato? ¿Toda obra de arte es entonces el desgarrado, hermoso invento con que trata de justificarse un cobarde? ¿Toda obra de arte es entonces el pago de una antigua deuda que sostiene el hombre con la verdad que no se atreve a asumir diariamente? La plenitud, el momento de inspiración, la llegada del poema, ¿qué son? Quizás las gastadas fanfarrias tras las cuales alguien temerosa, y ya temerariamente, quiere justificar su sencilla, espléndida, pero estereotipada, condición humana.

[Reinaldo Arenas, Otra vez el mar, Tusquets Editores, Barcelona, 2002, pp. 191-192]