30 de junio de 2015

Firmas invitadas: Juan Ramón Jiménez

[IDEOLOJÍA (1897-1957)]
Juan Ramón Jiménez


[Procedencia de la imagen] 
 



     Donde está la ilusión allí está el mundo. [pág. 29]

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     Los que dicen que no creen en la forma son los mismos que por su torpeza hacen pensar más en ella. La forma, para que no exista, ha de ser tan perfecta, que no exista. [pág. 48]

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     En el arte mejor siempre habrá pensamiento. [pág. 49]

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     Cuando pensamos con ideas, en cualquier rincón del mundo nos hallamos bien; cuando soñamos con sentimientos, el mundo entero es pequeño para nuestra ambición. [pág. 51]

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     Donde quiera que la jente esté riendo, tened la seguridad de que hay algo que llorar. [pág. 71]

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     El poeta es, ante todo, responsable. [pág. 95]

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     Mis versos no tienen valor hasta que los pienso por segunda vez. [pág. 99]

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     España: Si Dios fuera y fuera español, al mes ya se le habría perdido el respeto. [pág. 351]

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     En España se confunde hombre y bestia. [pág. 353]

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     No es necesario leer todos los libros, ni todo un libro, sino leer de todos los libros. [pág. 355] 

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         [Jiménez, Juan Ramón, Ideolojía, Anthropos, Barcelona 1990 / Ver más]


29 de junio de 2015

A veces los buzos se podrían parecer a los ladrones.

El Cuarteto Cedrón (de Argentina)
musicaliza y canta "Los ladrones",
un poema de Rafael González Tuñón.

Ver procedencia de la imagen de Rafael González Tuñón
Ver más sobre "Cuarteto Cedrón"


6 de junio de 2015

Firmas invitadas: Virginia Woolf

[UNA HABITACIÓN PROPIA]

Virginia Woolf





      [...] Mi tía, Mary Beton -dejadme que os lo cuente-, murió de una caída de caballo un día que salió a tomar el aire en Bombay. La noticia de mi herencia me llegó una noche, más o menos al mismo tiempo que se aprobaba una ley que les concedía el voto a las mujeres. Una carta de un notario cayó en mi buzón y al abrirla me encontré con que mi tía me había dejado quinientas libras al año hasta el resto de mis días. De las dos cosas —el voto y el dinero—, el dinero, lo confieso, me pareció de mucho la más importante. Hasta entonces me había ganado la vida mendigando trabajillos en los periódicos, informando sobre una exposición de asnos o una boda; había ganado algunas libras escribiendo sobres, leyendo a ratos para viejas señoras, haciendo flores artificiales, enseñando el alfabeto a niños pequeños en un kindergarten. Éstas eran las principales ocupaciones permitidas a las mujeres antes de 1918. No necesito, creo, describir en detalle la dureza de esta clase de trabajo, pues quizá conozcáis a mujeres que lo han hecho, ni la dificultad de vivir del dinero así ganado, pues quizá lo hayáis intentado. Pero lo que sigo recordando como un yugo peor que estas dos cosas es el veneno del miedo y de la amargura que estos días me trajeron. Para empezar, estar siempre haciendo un trabajo que no se desea hacer y hacerlo como un esclavo, halagando y adulando, aunque quizá no siempre fuera necesario; pero parecía necesario y la apuesta era demasiado grande para correr riesgos; y luego el pensamiento de este don que era un martirio tener que esconder, un don pequeño, quizá, pero caro al poseedor, y que se iba marchitando, y con él mi ser, mi alma. Todo esto se convirtió en una carcoma que iba royendo las flores de la primavera, destruyendo el corazón del árbol. Pero, como decía, mi tía murió; y cada vez que cambio un billete de diez chelines, desaparece un poco de esta carcoma y de esta corrosión; se van el temor y la amargura. Realmente, pensé, guardando las monedas en mi bolso, es notable el cambio de humor que unos ingresos fijos traen consigo, ninguna fuerza en el mundo puede quitarme mis quinientas libras. Tengo asegurados para siempre la comida, el cobijo y el vestir. Por tanto, no sólo cesan el esforzarse y el luchar, sino también el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede herirme. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que darme. De modo que, imperceptiblemente, fui adoptando una nueva actitud hacia la otra mitad de la especie humana. Era absurdo culpar a ninguna clase o sexo en conjunto. Las grandes masas de gente nunca son responsables de lo que hacen. Las mueven instintos que no están bajo su control. También ellos, los patriarcas, los profesores, tenían que combatir un sinfín de dificultades, tropezaban con terribles escollos. Su educación había sido, bajo algunos aspectos, tan deficiente como la mía propia. Había engendrado en ellos defectos igual de grandes. Tenían, es cierto, dinero y poder, pero sólo a cambio de albergar en su seno un águila, un buitre que eternamente les mordía el hígado y les picoteaba los pulmones: el instinto de posesión, el frenesí de adquisición, que les empujaba a desear perpetuamente los campos y los bienes ajenos, a hacer fronteras y banderas, barcos de guerra y gases venenosos; a ofrecer su propia vida y la de sus hijos. [...] Estos instintos son desagradables de abrigar, pensé. Nacen de las condiciones de vida, de la falta de civilización, me dije mirando la estatua del duque de Cambridge y en particular las plumas de su sombrero de tres picos con una fijeza de la que raramente habrían sido objeto antes. Y al ir dándome cuenta de estos escollos, el temor y la amargura se fueron transformando poco a poco en piedad y tolerancia; y luego, al cabo de un año o dos, desaparecieron la piedad y la tolerancia y llegó la mayor liberación de todas, la libertad de pensar directamente en las cosas. Aquel edificio, por ejemplo, ¿me gusta o no? ¿Es bello aquel cuadro o no? En mi opinión, ¿este libro es bueno o malo? Realmente, la herencia de mi tía me hizo ver el cielo al descubierto [...].

[Woolf, Virginia, Una habitación propia, Seix Barral Biblioteca Formentor, traducción de Laura Pujol, Barcelona, 2001, págs, 29-30 / Leer más / Saber más]