28 de enero de 2016

Firmas invitadas: Tzvetan Todorov

[IDENTIFICAR AL ENEMIGO]
Tzvetan Todorov

  A lo largo de mi infancia y adolescencia en Bulgaria, país entonces perteneciente al “bloque comunista” y sometido por tanto a un régimen totalitario, la noción de “enemigo” (vrag) era una de las más necesarias y recurrentes. Permitía explicar el enorme desfase entre la sociedad ideal, en la que debían reinar la prosperidad y la felicidad, y la sombría realidad que nos rodeaba. Si las cosas no iban tan bien como nos habían prometido, era por culpa de los “enemigos”. Estos eran de dos grandes tipos. Primero estaba un enemigo lejano y colectivo, lo que llamábamos “imperialismo angloamericano” (una fórmula estereotipada), responsable de todo lo que no iba bien en el ancho mundo. A su lado aparecía un enemigo cercano, con un rostro individual e identificable en el seno de las instituciones familiares: la escuela donde estudiábamos, la empresa en la que trabajábamos, las organizaciones de las que formábamos parte. La persona designada como enemiga tenía razones para preocuparse: una vez le era atribuida esta etiqueta infamante, se exponía a perder su empleo, su plaza escolar o el derecho a vivir en determinada ciudad; y estas medidas podían venir seguidas de la reclusión en la cárcel o, más bien, en un campo de reeducación, instituciones de las que la Bulgaria de entonces estaba generosamente provista.
     Al adoptar esta actitud, los representantes de las autoridades se comportaban de acuerdo con los preceptos heredados de los estrategas de la revolución y especialmente de Lenin, fundador del régimen totalitario comunista, que interpretaba la vida social en términos militares. [...] Lenin recomendaba “exterminar sin piedad a los enemigos de la libertad”. El totalitarismo es un maniqueísmo que divide a la población del globo en dos subespecies que se excluyen mutuamente y encarnan, respectivamente, el bien y el mal, y por consiguiente los amigos y los enemigos.
     Esta rígida clasificación aparece también en los teóricos del fascismo nazi, que conceden la misma importancia a la noción de enemigo. Carl Schmitt reduce la categoría misma de lo político a la “discriminación del amigo y el enemigo”, asimilando a su vez la vida cívica a la guerra. Schmitt se opone a lo que él llama “utopías pacifistas y liberales”, que albergan la esperanza de una extinción progresiva de las guerras; su papel es el de declararse enemigo de aquellos que ya no quieren más enemigos. La guerra no es la manifestación más frecuente de lo político, pero sí su manifestación más extrema, pues es la única en la que el individuo pone su existencia enteramente en manos del Estado y la única que lo conduce a aceptar tanto matar como morir. Por esta razón, revela su verdad. La convicción de Schmitt no se basa en un análisis histórico ni antropológico, sino en el dogma cristiano del pecado original, que abraza mediante un acto de fe.
    Consustancial a las concepciones totalitarias de la historia, la noción de enemigo no desempeña un papel de primer nivel en la vida de los países democráticos, pero aparece utilizada esporádicamente en el mismo sentido. [...] El discurso populista demagógico también suele invocar al enemigo, pues gusta de entregar a la vindicta popular a algún personaje culpable de todos los males que nos azotan. A veces este enemigo se identifica con una población específica: los inmigrantes de los países pobres o los musulmanes. El objetivo es infundir en la población un sentimiento de miedo y, por tanto, incitar a un número importante de electores a votar al partido que formula la acusación y promete hacer desaparecer al enemigo. Aquí nos encontramos en los márgenes del marco democrático.
     [...]
     Para mantener el uso de la noción de enemigo en un régimen democrático, convendría modificar su sentido. No podemos suscribir los postulados básicos del pensamiento totalitario expresados en fórmulas como: “la guerra revela la verdad de la vida” ni invocar el carácter determinante del “pecado original”. Actualmente hay cierto consenso entre quienes se interrogan sobre la especificidad de la condición humana: ya no es posible afirmar que el combate, la violencia o la guerra representen la característica dominante de nuestra especie. Si hubiese que atribuir este papel a una única actividad, sería mucho más la cooperación que la lucha a muerte. Y esta característica es común a todas las poblaciones del globo.
    Así pues, lo adecuado no puede ser identificar al enemigo con un grupo humano, sino rastrear su origen en una ideología o en un dogma, en una emoción o en una pasión. Los individuos solo se convierten en “enemigos” parcial y provisionalmente. En todos los casos que he mencionado, el enemigo se identificaba con un conjunto de personas que ocupaba un punto fijo en el tiempo y en el espacio [...]. Si renunciásemos a hacer del enemigo una sustancia aparte, podríamos ver en él un atributo, un estado puntual y pasajero, que se encuentra en cualquiera. Más que eliminar a los enemigos, la tarea será entonces impedir los actos hostiles. Esta es la lección que nos enseña la odisea de ese luchador ejemplar que fue Nelson Mandela, que consiguió derribar a un enemigo formidable, el sistema del apartheid, sin derramar una gota de sangre, pues había descubierto en sus enemigos potenciales un “atisbo de humanidad” y había comprendido las razones de su hostilidad, logrando así transformarlos en amigos.
      [...]
[Publicado en el diario El País, 3 de enero de 2016 / Ver más]

23 de enero de 2016

La pluralidad nos honra, nos da alas.


Estatua homenaje a los vendedores  de prensa
(Imagen de José Carlos Rosales, Lisboa, junio de 2013)

Primera Linotipia del Washington Post
(Imagen de José Carlos Rosales, Washington, marzo de 2012)



12 de enero de 2016

7 de enero de 2016

Firmas invitadas: Manuel Alcántara


[POR LA MAR CHICA DEL PUERTO]
Manuel Alcántara


                      Manuel Alcántara
            (Ver procedencia de la imagen)

                                                                              
Por la mar chica del puerto
andan buscando los buzos
la llave de mis recuerdos.

(Se le ha borrado a la arena
la huella del pie descalzo
pero le queda la pena.
Y eso no puede borrarlo.)

Por la mar chica del puerto
el agua que era antes clara
se está cansando de serlo.

(A la sombra de una barca
me quiero tumbar un día;
echarme todo a la espalda
y soñar con la alegría.)

Por la mar chica del puerto
el agua se pone triste
con mi naufragio por dentro.


"Por la mar chica del puerto"
[Con la cortesía de Gerard Moreno Ferrer]








2 de enero de 2016